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Salím es presentado
a nuestro lector
Salim está sentado en el pórtico de su casa, se mece sobre su
silla con los ojos perdidos en el recuerdo. Camino hacia él y lo miro desde
lejos.
¿Qué más puede hacer un hombre de
98 años? Tal vez alimentar a las palomas en el parque frente a la pequeña iglesia,
posiblemente tararear viejas canciones, y si acaso contarme alguna historia de
su vida si logro convencerlo.
Recuerdo el día que lo conocí,
fue hace nueve años cuando aún me encontraba estudiando la primaria. Salía de la escuela y caminaba por el parque
del pueblo para llegar a mi casa. Si la sed me sorprendía, simplemente entraba
a la plaza del parque para compra con Don Maximiliano una pequeña paleta de
hielo sabor limón, por sólo dos pesos.
Esa tarde, distinta a todas las
demás, me atreví a riesgo de ser reprendido por mi madre, a sentarme en alguna
banca hasta acabarme la paleta.
Miré a mi alrededor; jóvenes
parejas cuchicheando, no tan jóvenes parejas platicando, niños corriendo, una
pequeña niña llorando por su madre recién perdida y un anciano conversando con
las palomas. Todas las bancas de la plaza ocupadas.
No recuerdo bien porqué opté por
sentarme junto aquel anciano. Siempre he sido algo tímido, así que al verlo tan
apacible supuse que no tendría que entablar ninguna conversación con él si me
sentaba a su lado.
Me senté junto a él después de
haberlo saludado como me enseñó mi madre —Buenas tardes— y me concentré en las
palomas mientras relamía divertido la paleta de hielo, el me miró y yo fingí no
percatarme de su acción.
Al cabo de un rato lo escuché
decir:
—Me llamo Salím, es un nombre
árabe, ¿Tu cómo te llamas?
Su voz sonaba vieja pero para
nada cansada. Le dije mi nombre.
—Salím significa entero en árabe, ¿Sabes el significado
de tu nombre?, tu nombre es de origen hebreo.
Al parecer Salim era una persona
que había vivido no sólo muchos años, sino que aparte daba la impresión de ser
un erudito, o de haber estudiado alguna carrera relacionada con la historia o
la arqueología. Por lo menos eso fue lo que yo pensé.
Pero claro que no sabía el
significado de mi nombre, así que opté por contestarle que no y consumir en
silencio mi paleta.
—Te contaré un secreto…— dijo el
viejo Salim repentinamente. Me pregunté si acaso no se había percatado de que
yo era solo un niño, y que entablaba una conversación de adulto que tal vez no
sería capaz de entender.
No estoy seguro si realmente
entendí lo quiso decir aquel día, o es ahora que no soy más un niño, que puedo
comprender aquello que me confesó.
Después de escuchar atento como
cualquier niño lo haría ante la promesa de un secreto, guarde el palito de la
paleta en mi bolsillo y me despedí de Salím argumentando que de seguro mi madre
ya estaría preocupada por mí y no tardaría en armar toda una expedición en mi
búsqueda.
Salím asintió con la cabeza, sabía
que yo regresaría.
Y yo después de haber escuchado
tal confesión, sabía que no resistiría al deseo de volver al parque al día
siguiente, comprar una paleta (aun sin hacer calor), y sentarme junto al
anciano que de seguro dejaría su charla con las palomas y la entablaría
conmigo.
Caminé hacia mi casa meditando en
lo vivido hacía unos minutos. Me preguntaba muchas cosas sobre mi nuevo amigo;
¿De dónde venía?, ¿Qué hacía aquí?, ¿Realmente quién era?
Nunca antes había conocido a una
persona tan misteriosa y que a la vez no me infundiera desconfianza. Las tardes
que siguieron a esa, fueron tal vez la aventura más grande de mi vida.
Viaje a muchos lugares, conocí
diferentes personas, hablé varios idiomas, comí alimentos extraños, me enamoré
y reí, pero también tuve que secarme las lágrimas varias veces de los ojos.
Todo esto lo viví en ese parque, sentado junto a Salim, escuchando una tras
otra las experiencias de su inmensa vida.
Creo que algunas cosas fueron
invento de la sorprendente mente de Salím, y otras fueron la mezcla entre su
fantasía y algún hecho verídico. Sin embargo, estoy seguro de que hubo algunas
historias (seguramente la mayoría) que fueron la verdad y nada más que la
verdad.
Aquel secreto del día que lo
conocí aparentaba ser mera fantasía, pero yo le creía. ¿Será que el nombre de
una persona define en gran medida su destino? No lo sé, pero cuando escuchaba
hablar a Salím sentía una extraña sensación; era como estar hablando con muchas
personas y a través de muchas épocas al mismo tiempo.
Si hoy que regreso a verlo después
de un par de años, no se notara el tiempo transcurrido en el rostro de Salím,
me preocuparía de la verdadera naturaleza de aquel anciano que llegó una tarde
y se sentó en el parque del pequeño pueblo donde viví, a contarme las mejores
historias que jamás escuché.