lunes, 17 de febrero de 2014

0
Salím es presentado
a nuestro lector

Salim está sentado  en el pórtico de su casa, se mece sobre su silla con los ojos perdidos en el recuerdo. Camino hacia él y lo miro desde lejos.
¿Qué más puede hacer un hombre de 98 años? Tal vez alimentar a las palomas en el parque frente a la pequeña iglesia, posiblemente tararear viejas canciones, y si acaso contarme alguna historia de su vida si logro convencerlo.
Recuerdo el día que lo conocí, fue hace nueve años cuando aún me encontraba estudiando la primaria.  Salía de la escuela y caminaba por el parque del pueblo para llegar a mi casa. Si la sed me sorprendía, simplemente entraba a la plaza del parque para compra con Don Maximiliano una pequeña paleta de hielo sabor limón, por sólo dos pesos.
Esa tarde, distinta a todas las demás, me atreví a riesgo de ser reprendido por mi madre, a sentarme en alguna banca hasta acabarme la paleta.
Miré a mi alrededor; jóvenes parejas cuchicheando, no tan jóvenes parejas platicando, niños corriendo, una pequeña niña llorando por su madre recién perdida y un anciano conversando con las palomas. Todas las bancas de la plaza ocupadas.
No recuerdo bien porqué opté por sentarme junto aquel anciano. Siempre he sido algo tímido, así que al verlo tan apacible supuse que no tendría que entablar ninguna conversación con él si me sentaba a su lado.
Me senté junto a él después de haberlo saludado como me enseñó mi madre —Buenas tardes— y me concentré en las palomas mientras relamía divertido la paleta de hielo, el me miró y yo fingí no percatarme de su acción.
Al cabo de un rato lo escuché decir:
—Me llamo Salím, es un nombre árabe, ¿Tu cómo te llamas?
Su voz sonaba vieja pero para nada cansada. Le dije mi nombre.
—Salím significa entero en árabe, ¿Sabes el significado de tu nombre?, tu nombre es de origen hebreo.
Al parecer Salim era una persona que había vivido no sólo muchos años, sino que aparte daba la impresión de ser un erudito, o de haber estudiado alguna carrera relacionada con la historia o la arqueología. Por lo menos eso fue lo que yo pensé.
Pero claro que no sabía el significado de mi nombre, así que opté por contestarle que no y consumir en silencio mi paleta.
—Te contaré un secreto…— dijo el viejo Salim repentinamente. Me pregunté si acaso no se había percatado de que yo era solo un niño, y que entablaba una conversación de adulto que tal vez no sería capaz de entender.
No estoy seguro si realmente entendí lo quiso decir aquel día, o es ahora que no soy más un niño, que puedo comprender aquello que me confesó.
Después de escuchar atento como cualquier niño lo haría ante la promesa de un secreto, guarde el palito de la paleta en mi bolsillo y me despedí de Salím argumentando que de seguro mi madre ya estaría preocupada por mí y no tardaría en armar toda una expedición en mi búsqueda.
Salím asintió con la cabeza, sabía que yo regresaría.
Y yo después de haber escuchado tal confesión, sabía que no resistiría al deseo de volver al parque al día siguiente, comprar una paleta (aun sin hacer calor), y sentarme junto al anciano que de seguro dejaría su charla con las palomas y la entablaría conmigo.
Caminé hacia mi casa meditando en lo vivido hacía unos minutos. Me preguntaba muchas cosas sobre mi nuevo amigo; ¿De dónde venía?, ¿Qué hacía aquí?, ¿Realmente quién era?
Nunca antes había conocido a una persona tan misteriosa y que a la vez no me infundiera desconfianza. Las tardes que siguieron a esa, fueron tal vez la aventura más grande de mi vida.
Viaje a muchos lugares, conocí diferentes personas, hablé varios idiomas, comí alimentos extraños, me enamoré y reí, pero también tuve que secarme las lágrimas varias veces de los ojos. Todo esto lo viví en ese parque, sentado junto a Salim, escuchando una tras otra las experiencias de su inmensa vida.
Creo que algunas cosas fueron invento de la sorprendente mente de Salím, y otras fueron la mezcla entre su fantasía y algún hecho verídico. Sin embargo, estoy seguro de que hubo algunas historias (seguramente la mayoría) que fueron la verdad y nada más que la verdad.
Aquel secreto del día que lo conocí aparentaba ser mera fantasía, pero yo le creía. ¿Será que el nombre de una persona define en gran medida su destino? No lo sé, pero cuando escuchaba hablar a Salím sentía una extraña sensación; era como estar hablando con muchas personas y a través de muchas épocas al mismo tiempo.
Si hoy que regreso a verlo después de un par de años, no se notara el tiempo transcurrido en el rostro de Salím, me preocuparía de la verdadera naturaleza de aquel anciano que llegó una tarde y se sentó en el parque del pequeño pueblo donde viví, a contarme las mejores historias que jamás escuché.